
Quinientos kilos: eso es más o menos lo que pesa Don Pepe, el caballo con el que llevo mis clases de equitación básica los sábados en la caballeriza camino a Juriquilla, con sus boxes encalados en fila y ese olor constante a heno un poco húmedo que se te pega a la ropa. Ese número no significaba nada para mí hasta el día en que esos quinientos kilos saltaron de lado sin avisar. Fue un sábado de mucho viento, con una bolsa de plástico azul enredada entre los matorrales junto al picadero, y sentí cómo todo ese peso se tensaba debajo de mi silla antes de que mi cabeza procesara qué estaba pasando. Ahí entendí, de golpe, que contra ese tipo de susto no sirve de nada el manejo del miedo que una se imagina desde el sillón de la casa.
No fue la primera vez que un caballo se asusta cerca de mí, y no será la última — es de las cosas más comunes entre caballos principiantes y quien apenas empieza a montarlos (ese miedo inicial que te agarra por sorpresa merece su propio capítulo aparte, pero hoy no voy a hablar de eso). Circula un mito bastante extendido entre quienes recién empiezan: que entre más controles ejerzas sobre el animal en ese momento — hablarle fuerte, acariciarlo rápido, apretar las piernas con toda el alma —, más pronto se calma. Es justo al revés, y entender eso cambió por completo cómo cuido el bienestar equino de Don Pepe cuando algo lo sobresalta.
El mito de calmar al caballo a fuerza de caricias y voz
Cuando un caballo se espanta, el reflejo casi automático de cualquier principiante es hablarle en voz aguda, acariciarlo rápido y repetir "ya, ya, tranquilo" como si calmara a un bebé llorando. A mí me lo enseñaron sin querer mis propios nervios las primeras veces: entre más rápido movía las manos sobre su cuello, más se le tensaban las orejas. El cuerpo entero —la voz, el pulso, lo tieso de los brazos— le dice al caballo que tú también sientes el peligro, y ahí no hay caricia que compense esa señal. Sobre cómo leer el resto de las señales que manda un caballo hay páginas enteras escritas por quien de verdad se especializa en ese tema; a mí solo me interesa lo que pasa en el minuto exacto del susto.
¿Por qué apretar las piernas empeora todo?
Apretar las piernas fue mi primer error, y sigue siendo el error clásico que casi toda principiante comete al menos una vez. Pensé que agarrándome con fuerza no me iba a caer, pero el caballo interpretó ese apretón como una orden de correr más rápido —es como gritarle "sí, tienes razón, hay que huir". Mi instructor me pedía a gritos desde el centro del picadero que soltara las piernas, y yo no entendía por qué mi cuerpo no obedecía si mi cabeza sí sabía la teoría. Todavía, aun con los meses que llevo viniendo los sábados, a veces sigo sin subir al caballo correctamente cuando ando nerviosa, y termino haciéndolo del lado que no es.
Detrás de esa reacción hay algo de instinto de supervivencia que el caballo trae incorporado de fábrica, aunque ese tema completo —por qué reaccionan así, qué procesan primero, qué no— se lo dejo a quien realmente lo explica bien en otro lado. Lo único que necesito saber, montada arriba, es que ese instinto no tiene nada que ver conmigo ni con si le caigo bien a Don Pepe ese día.
Manejo del miedo: bajar los hombros y soltar el aire
Lo que más me ha servido, y que al principio me sonó contradictorio, es dejar de intentar calmar al caballo activamente. Cuando lo acaricio frenética y le hablo con voz nerviosa, lo único que confirmo es que sí había algo de qué preocuparse. Ahora, en cambio, intento convertirme en una especie de saco de papas: exhalo fuerte, tan fuerte que se oiga el aire saliendo de mis pulmones, y obligo a los hombros a bajar aunque todo en mí quiera encogerse (el gato naranja de la caballeriza, que dormía ese día enroscado sobre los costales de alimento sin inmutarse por nada, parecía el único que ya sabía cómo se hacía). Si yo me suelto, Don Pepe deja de sentir que hay algo que vigilar y se pone a pensar otra vez en el pasto.
A eso se le suman un par de trucos chiquitos que sí funcionan en el momento: mirar hacia las montañas del horizonte en vez de al suelo (porque si miras hacia abajo el caballo siente tu peso inclinado y se desequilibra más), contarle a media voz cosas mundanas —lo que tengo pendiente de contabilidad el lunes, por ejemplo, que lo arrulla más que cualquier grito de susto— y soltar un poquito las riendas en vez de tirar de ellas con pánico, porque bloquearlo solo lo asusta más.
Hay quien jura que prepararse de antemano evita los nervios del momento —pódcast de equitación de camino a la caballeriza, videos la noche anterior, ese tipo de cosas—, y a mí, la verdad, un pódcast entero en el coche nunca me sirvió de nada en el segundo real en que el caballo se tensa; toda esa teoría se evapora igual. Lo que sí cambió algo fue mucho menos dramático: una vuelta cualquiera en trote alrededor del picadero en la que noté que traía los hombros abajo, sueltos, sin el acorazamiento de siempre, sin haber estado pensando en relajarme en absoluto.
Lo que aprendí de quienes llevan más tiempo en la caballeriza
Quien de verdad me enseñó algo sobre esto no fue ningún instructor, sino Tadeo, que tiene su cuarto de milla pensionado en la misma caballeriza desde hace años. Es de los pocos que no pone los ojos en blanco cuando alguien nuevo pregunta algo obvio antes de intentarlo —se detiene, contesta con calma, y solo después te deja seguir. Verlo tratar así a las alumnas que apenas empiezan me enseñó que la paciencia también es parte del manejo del miedo: la de una misma, y la de quien está cerca cuando el susto pasa. Las normas de seguridad del picadero, que al principio me parecían exageradas, las agradezco justo en momentos como ese; y esa conexión que se construye entre jinete y caballo con el tiempo tampoco aparece de un día para otro —a Don Pepe le tomó lo suyo confiar en mis manos.
Estar relajada de verdad, y no solo fingirlo, es un proceso lento —hace poco escribí algo más largo sobre aprender a estar relajada junto al caballo durante las clases, porque me di cuenta de que si llego con el cierre de mes en la cabeza, el caballo lo nota antes de que yo ponga un pie en el estribo. Y aunque el susto pase rápido, el cuerpo se queda con la adrenalina un rato más: termino con las piernas temblando un poquito y, al día siguiente, con músculos que ni sabía que tenía. Menos mal que ya sé cómo aliviar el dolor muscular después de las clases de equitación, porque si no, los lunes en la oficina serían una tortura.
Y no pasa solo dentro del picadero: la vez que sacamos a los caballos a caminar por la orilla de la Presa Juriquilla y un pato salió disparado del agua sin avisar, sentí exactamente la misma sacudida bajo la silla —cambia el paisaje, pero el reflejo es igual de rápido. Ahí entran otros temas que prefiero dejar aparte, porque cada uno da para su propio espacio: el equilibrio en la silla se trabaja con ejercicios que no tienen nada que ver con un susto repentino, guiar a un caballo del ramal sin dar tirones es una habilidad que se aprende de pie y no montada, la ropa adecuada ayuda pero no te salva de ese primer segundo de pánico, y los cursos en línea tienen su lugar entre semana, cuando no hay caballo a la mano —pero eso, como digo, es harina de otro costal.
La calma que de verdad me llevo a casa
Al final de la clase, cuando ya estamos de vuelta en la zona de cepillado y le quito la montura a Don Pepe, siempre le doy una palmada suave en el cuello y siento el contraste de su piel caliente contra el aire ya fresco de la tarde. Concepción, que se sienta en la barda casi todos los sábados con su termo de café a ver las clases, no dice gran cosa, pero cuando salgo del picadero tranquila después de un susto como el de la bolsa azul, me regala un asentimiento seco —de esos que valen más que un aplauso entero.
Si vas empezando, guárdate esto: la próxima vez que el caballo se tense debajo de ti, no lo abraces con las piernas ni le hables sin parar. Baja los hombros, suelta el aire despacio por la boca y quédate quieta el tiempo que haga falta —el susto le va a pasar solo, mucho más rápido de lo que crees, y sin que tengas que hacer nada heroico para lograrlo.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.