Suelto las riendas un segundo, nada más el tiempo de acomodarme el casco que se me ladeó, y no pasa absolutamente nada. Don Manuel sigue ahí, masticando aire, sin dar ni un paso de más. Hace algunos meses ese segundo de rienda floja me habría subido el corazón hasta la garganta. Llevo un rato dándole vueltas a esto de la etología equina, al bienestar del caballo y a lo que en realidad significa el aprendizaje equino cuando eres una principiante de fin de semana como yo, no la versión bonita de redes sociales, sino la de las manos sudadas y las botas llenas de tierra de la caballeriza.
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El mito de la chispa instantánea en la equitación para principiantes
Casi todas las que empezamos tarde con esto cargamos la misma idea metida en la cabeza: que hay caballos que simplemente "te eligen", que un día subes y ya, se entienden las cosas sin que tengas que hacer nada raro. Yo llegué pensando algo parecido, como si bastara con tener buenas intenciones y el animal lo fuera a notar de inmediato. La verdad, y esto me costó entenderlo con Don Manuel, es que no hay chispa que valga si no aprendes a fijarte en cosas pequeñas: cómo respira, dónde pone las orejas, si mastica o se queda tenso. La Mente Equina de 0 a 100 fue el curso que me topé buscando algo entre clases, sin buscar ninguna medalla, solo queriendo dejar de sentirme una extraña arriba de mi compañero de los sábados.
Lo que el curso llama etología no es otra cosa que ponerle nombre a algo bastante simple: el caballo, al ser un animal de presa, siempre va a leer el entorno antes de leerte a ti. No es terquedad ni mala leche, es supervivencia pura. Cuando dejé de acercarme de frente a acariciar la nariz de Don Manuel y empecé a rodear despacio, dejando que me oliera primero, noté que respingaba mucho menos. También cambié la costumbre de subirme y ya -ahora me quedo un rato solo cepillándolo o parada a su lado sin pedirle nada, algo parecido a lo que leí en un post sobre ideas para pasar tiempo con caballos en la caballeriza sin montar, y que de verdad ayuda a que el animal deje de verte como una interrupción.
No hace falta un don especial para leer a un caballo
En la caballeriza hay un señor, Tadeo Hernández, que tiene su cuarto de milla ahí desde hace más de una década y que prácticamente vive pegado a la barda del picadero. Un sábado me lo topé antes de mi clase y le pregunté, medio en broma, si a él nunca se le había hecho difícil "conectar" con un caballo nuevo. Se rió despacito y me dijo que él nunca toca a un animal que no conoce sin antes plantarse quince minutos nada más a mirarlo, sin tocarlo, sin hablarle siquiera. Para Tadeo todo se aprende primero observando en silencio, y esa frase se me quedó pegada más que cualquier video del curso que estudié después, La Mente Equina. No es un don, es tiempo puesto ahí, con los ojos abiertos y las manos quietas.
Hay un par de caballos rescatados en la caballeriza que llegaron de situaciones feas, y con ellos la teoría típica de presión y liberación a veces no basta. Cualquier presión, por mínima que sea, puede disparar pánico en lugar de aprendizaje. Vi a una compañera intentar guiar a uno del ramal y, al sentir el tironcito más leve, el caballo se puso rígido de inmediato. Con esos animales aplica mucho más lo que aprendí sobre cómo guiar a un caballo del ramal sin tirones, porque forzar nunca compensa la paciencia que piden.
Cuando intenté hacer trampa con un pódcast
Confieso algo: hace unas semanas, camino a la caballeriza, me puse un pódcast de equitación pensando que así llegaría con la lección medio aprendida, como quien repasa antes de un examen. Un desperdicio total de tiempo. En el momento real, con el animal ahí enfrente, de nada me sirvió lo que había escuchado en el coche -el nerviosismo se me subió igual, y las manos me temblaban igual que siempre al tomar las riendas. Ahí entendí que el aprendizaje equino no se baja por los oídos mientras manejas, se construye a pie de corral, con el olor a heno y el peso real del animal enfrente. El curso ayuda porque puedes repasarlo a tu ritmo entre semana, pero el trabajo de verdad solo pasa ahí abajo, no en ningún audífono.
La señora del termo que nunca monta
Todos los sábados, sin falta, llega Concepción Barrera con su termo de café y se sienta en la misma tabla de la barda a ver las clases. Trajo a su nieta hace tiempo, la niña se aburrió al mes y dejó de venir, pero ella se quedó. Lo curioso es que Concepción se sabe el nombre de cada caballo de la caballeriza y lleva un registro mental -casi diría que hasta escrito- de cómo amaneció cada uno esa semana: si Don Manuel trae las orejas más caídas de lo normal, si tal yegua está más arisca. Nunca ha montado un caballo en su vida y probablemente entiende mejor que yo lo que les pasa por la cabeza. Eso me convenció de que el vínculo no depende de subirse: depende de mirar con atención sostenida, sábado tras sábado, sin esperar magia.
Todavía me equivoco con cosas básicas -hace poco llegué tarde y estresada por un cierre de mes en la oficina, y casi me subo por el lado derecho sin darme cuenta, error de novata que ya había cometido antes. Mi instructor solo suspiró con esa paciencia que le envidio. Lo que sí he aprendido a notar es cuándo mis propios nervios se le pasan al caballo: hay un segundo exacto en que el bocado dentro de la boca de Don Manuel deja de jalar solo, como si él decidiera bajar la guardia, y ese pequeño aflojón me llega directo a las manos antes de que mi cabeza lo procese.
Aprende a leer antes de tocar
Antes de subir reviso el equipo con más calma que al principio -si les interesa el tema, hay un post sobre cómo limpiar la montura de cuero que explica bien por qué un equipo cuidado también es parte de respetar al animal. Nadie me explicó bien al inicio los términos básicos del picadero -media vuelta, paso de tránsito, ceder a la pierna- y pasé mis primeras clases asintiendo sin entender ni la mitad. Tampoco nadie me advirtió que después de una clase completa las piernas y la espalda baja iban a resentirlo tanto al día siguiente. Son detalles chicos que nadie cuenta hasta que ya te tocó vivirlos, igual que las reglas de seguridad del picadero que mi instructor repite cada clase y que al principio yo escuchaba sin ponerles atención real.
No es magia, es práctica
Si me preguntan qué le diría a alguien que solo quiere disfrutar sus sábados con un caballo, les diría que el punto no es convertirte en experta de nada. Es dejar de esperar una señal mágica y aprender a fijarte en las señales reales: el resoplido, las orejas, el peso que cambia de una pata a otra. Esa es la prueba que uso ahora para saber si de verdad estoy "conectando" con un caballo o solo imaginándolo: si cambio algo pequeño en mi postura o mi respiración y el animal responde de forma consistente, ahí hay algo real pasando, no solo en mi cabeza. La Mente Equina de 0 a 100 no me regaló ninguna chispa instantánea, pero sí me enseñó a mirar mejor -y eso, con el tiempo, se siente parecido a entenderse.
El gato de la caballeriza -naranja, gordo, completamente ajeno a mis dramas- sigue con su siesta encima de los costales sin abrir un ojo, y quizás él tenga la actitud correcta ante todo esto. Total, lo que buscamos las que llegamos tarde a esto es justo eso: aprender a estar quietas junto a algo que pesa media tonelada sin fingir que entendemos más de lo que entendemos. Antes de despedirme del día siempre le doy sus zanahorias a Don Manuel, aunque primero me fijo en qué premios naturales son seguros para no pasarme de listo con su dieta.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.