
El taburete azul se tambalea bajo mi bota derecha justo cuando termino de subir el segundo peldaño, y freno en seco el impulso de terminar de un salto sobre el lomo de Chocolate. Es el gesto que más repito: parar a tiempo en vez de lanzarme. Entre quienes recién empezamos en la equitación para principiantes, taburete o suelo es de esas preguntas que generan más discusión de la que parece, y comparando las dos formas en la práctica la respuesta cambia según el caballo que tengas enfrente, no según lo que diga el manual de seguridad ecuestre.
Mi criterio, después de probarlo de las dos maneras, es simple: uso el taburete casi siempre, salvo que el caballo todavía no lo conozca. Antes de llegar a esa conclusión intenté de todo para calmarme antes de subir, incluidas las respiraciones profundas que tanto recomiendan, y seguía completamente tensa de todas formas, con el pie temblando sobre el estribo antes de tocarlo siquiera. La calma no llegó por respirar bonito; llegó por entender qué le hace el peso de mi cuerpo a Chocolate según cómo subo.
El precio real de subir directo desde el suelo
Durante mis primeras clases me empeñé en montar desde el suelo, sin taburete, queriendo sentirme ágil. La realidad es que soy contadora, no acróbata, y un mediodía caluroso, tras varios intentos fallidos de subir el pie izquierdo al estribo, sentí un tirón que me recordó que mis tendones no son de liga. Chocolate suspiró —lo juro, los caballos suspiran con una profundidad existencial— mientras yo jalaba la silla de montar hacia un lado, desequilibrándolo por completo.
Ese tirón lateral es justo el problema que nadie te explica al principio. Cuando te cuelgas de un solo estribo para impulsarte, la carga cae de golpe sobre un solo punto del lomo del caballo, en vez de repartirse. No hace falta un número exacto para notar la diferencia: basta con ver cómo Chocolate desplaza el peso hacia el otro lado y se prepara, tenso, para aguantar el jalón. Subir así, seguido, es de los errores típicos que cualquier instructora corrige tarde o temprano en una alumna adulta que llegó pensando que montar es solo cuestión de impulso.
El taburete protege más que mis rodillas: cuida el bienestar equino
El bloque que usamos tiene un par de peldaños, ni muy alto ni muy bajo, pero esos centímetros bastan para cambiar toda la mecánica de la subida. Cuando subo desde ahí, el movimiento deja de ser un tirón brusco y se convierte en un paso más, casi como subir a un banco. Chocolate lo nota: empieza la clase más relajado cuando quien sube encima se desliza en vez de aterrizar como un costal sobre su lomo.
Esto me lo explicó mi instructor sin regañarme por mi falta de flexibilidad (gracias al cielo): montar sin ayuda no solo es incómodo para nosotras, también le genera al caballo una tensión extra antes de que la clase siquiera empiece. Desde ese comentario dejé de ver el taburete como una 'ayuda para torpes' y empecé a tratarlo como parte de aprender a estar relajada junto al caballo durante las clases, porque si llego temblando el plástico cruje distinto y Chocolate también lo nota.
Colocar el taburete sin generar tensión
La colocación importa más de lo que parece: el taburete va paralelo al hombro del caballo, ni pegado ni tan lejos que tengas que estirarte, y siempre reviso que el piso esté nivelado antes de subir, porque nada arruina más la calma que un taburete que se tambalea a medio impulso. Ya arriba, apoyo una mano en el borrén delantero, nunca en el trasero, porque eso sí tuerce la montura, y meto el pie en el estribo sin prisa. Lo que viene después —cómo pasar la pierna, cómo acomodar el peso una vez sentada— es técnica de monta paso a paso que da para su propio tema aparte; aquí lo que importa es llegar a la silla sin pelear con el taburete.
En cuanto me acomodo y Chocolate desplaza el peso hacia el otro lado para girar, la silla suelta un crujido de cuero seco que ya asocio con el inicio de mi hora de paz, más que cualquier reloj. No es un salto, es un paso hacia arriba, como subir una escalera eléctrica que no se mueve; el aterrizaje va suave, bajando el cuerpo despacio, y Chocolate lo agradece sin mover las orejas hacia atrás.
Si notas que el caballo se mueve mientras sigues en el taburete, lo más seguro es bajarte del bloque y volver a empezar, no perseguirlo con el pie a medio estribo. Ya me pasó una vez, dando vueltas en un solo pie sin ninguna elegancia, y ahí entendí por qué las normas de seguridad del picadero insisten tanto en esto para cualquier jinete adulta principiante: no es capricho, es evitar el peor momento posible para caerte.
Cuando el taburete asusta más de lo que ayuda
Aquí está la parte que los manuales genéricos casi nunca mencionan: el taburete, por más que cuide el bienestar animal, no siempre es la opción más segura. Hay caballos, sobre todo los jóvenes o los que no han tenido mucha escuela, que le tienen pánico a los objetos extraños que aparecen debajo de ellos, y ahí subir directo desde el suelo puede generar menos tensión que forzar el bloque.
Si el caballo bufa, se tensa o intenta alejarse del taburete, no lo fuerzo: trabajo primero la confianza desde abajo. He aprendido que por qué el entrenamiento pie a tierra es fundamental para jinetes adultos tiene mucho que ver con esto, aunque guiar a un caballo del ramal sin generar tirones es todo un tema en sí mismo. A veces se van varios minutos solo acercando el taburete, dejando que lo huela, premiándolo por quedarse quieto, y ese tiempo, aunque no se note en la clase, es el que de verdad evita un sustazo.
La calma antes del estribo pesa tanto como el taburete
Antes de llegar siquiera al taburete ya se decidió buena parte de cómo va a salir la subida. Si llego con la cabeza todavía en los pendientes de la semana, Chocolate lo siente antes de que le toque el lomo; si en cambio camino hacia el box sin acelerar el paso ni con ganas de dar la vuelta, algo distinto pasa entre los dos incluso antes de tocar el bloque. Prepararse antes de la clase, aunque sea mentalmente y sin ningún ritual especial, hace más por evitar los nervios que cualquier técnica de subida, y el miedo inicial que casi todas sentimos las primeras veces frente a un animal de ese tamaño tampoco desaparece solo porque uses el taburete correcto.
También es vital cómo interpretar las señales de estrés del caballo durante el ensillado, porque si ya está incómodo desde que le pusimos la cincha, el taburete solo será un problema más encima de otro. Se lo comenté una vez a una amiga que toma clases de cerámica en un taller del barrio de San Francisquito, cerca del Jardín Guerrero, en el Centro Histórico de Querétaro, y ella lo entendió al toque: en el torno también hay un momento exacto para presionar y otro para dejar que el barro simplemente gire solo, sin forzarlo.
Al final, mi regla quedó simple: taburete cuando el caballo ya lo conoce y el suelo está parejo, sin forzar nada; subida directa desde el suelo, o mejor, pausa total y trabajo pie a tierra, cuando el caballo llega nervioso o el bloque le resulta nuevo. Ninguna de las dos formas reemplaza aprender a leer el lenguaje corporal del caballo o construir una relación de trabajo sólida con él: eso se entrena aparte, con calma, y no se resuelve solo con un buen par de peldaños.
Unas botas con suela rígida y algo de tacón ayudan más de lo que pensé al principio a que el pie no resbale del peldaño, aunque elegir el equipo correcto para empezar es, otra vez, harina de otro costal; lo mismo pasa con los ejercicios de equilibrio que hago aparte para no depender tanto de las riendas al subir. Entre clase y clase reviso algún curso de equitación online para poner en palabras lo que el cuerpo ya intuye, aunque nada de eso reemplaza al taburete real, al caballo real y a la mañana en que finalmente subo sin pelear con nadie, ni conmigo ni con Chocolate.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.