Diario del Jinete

El arte de no hacer nada: Cómo encontré mi equilibrio junto a media tonelada de caballo

2026.10.19
Equitación para principiantes: manejo pie a tierra para encontrar el equilibrio junto a un caballo en calma

Tengo la mano estirada a la altura de su hocizo, los dedos sueltos, y durante un buen rato no pasa absolutamente nada, ese es justo el punto del ejercicio. Chocolate mueve una oreja hacia mí, resopla sobre mi palma y sigue masticando su heno como si yo ni estuviera ahí parada. Llevo así casi un minuto sin dar un paso, sin ajustar ninguna cincha, sin repetir ningún ejercicio de los que me enseñan en mis clases de equitación para principiantes. Le llaman "no hacer nada" en mi caballeriza, y resulta que este ejercicio de manejo pie a tierra es lo que más le hace bien al bienestar animal del caballo que tengo enfrente, y, de paso, a la relajación de esta contadora que convirtió el hobby de los sábados en su terapia favorita.

Lo que significa "no hacer nada" junto a un caballo

Quedarse quieta no es quedarse en blanco. Es un manejo pie a tierra bastante específico: hombros abajo, respiración lenta y pareja, el peso repartido entre los dos pies, las manos visibles y abiertas en vez de escondidas o crispadas. Un caballo de 500 kilos no necesita que le expliques nada con palabras, lee tu cuerpo todo el tiempo, y si tu cuerpo está diciendo "tengo prisa" o "esto me pone nerviosa", él responde con el cuello rígido y pasos cortos antes de que tú misma te des cuenta de que estás tensa. (Ese tema de cómo se traduce tu tensión en la suya merece su propio capítulo completo, y no es este.) Lo que sí puedo decir es que la quietud funciona como una especie de termómetro: si logro bajar mi propio ritmo, el suyo baja detrás, casi siempre.

Manejo pie a tierra en equitación para principiantes: ajustando la cincha de cuero antes de la clase

El manejo pie a tierra que hago antes de quedarme quieta

Antes de plantarme frente a él sin hacer nada, hay un par de cosas que ya hago casi por reflejo. Pido ayuda para ensillar cuando algo no me convence del todo, porque prefiero preguntar diez veces a lastimarle el lomo por una cincha mal puesta, esto lo aprendí a la mala, no en ningún curso. Si tengo que pasar detrás de él, dejo la mano apoyada en su anca todo el trayecto, por norma del picadero y porque no quiero ser yo la que confirme que sí, hay puntos ciegos de los que conviene no abusar. Y antes de todo esto, me siento un minuto en el banco de madera junto al cuarto de monturas, el mismo donde todas nos calzamos las botas y las polainas, y respiro hondo tres veces, algo que convertí en especie de ritual de calma antes de subir al estribo mucho antes de llegar siquiera a tocarlo.

Lo que probé primero y no funcionó

Probé primero el camino fácil: ver tutoriales de YouTube sobre la postura correcta en la silla, pensando que podía adelantar algo desde el sillón de mi casa. No sirvió de nada en el momento real. El cuerpo no aprende equilibrio ni calma viendo una pantalla, lo aprende con el peso de un animal vivo moviéndose debajo, y ninguna pausa ni repetición de video reemplaza eso. Sí sigo abriendo, entre clase y clase, algún curso online de equitación para repasar vocabulario y conceptos que mi instructor menciona rápido y sin detenerse, para eso funciona bastante bien, pero para aprender a quedarme quieta junto a Chocolate no sirvió absolutamente nada.

Hobby de equitación y bienestar animal: jinete entrenando el equilibrio junto al caballo

Acercarse sin apresurar el paso

Acercarme por el lado correcto, el izquierdo, el llamado "lado de montar", sigue sin salirme automático cuando los nervios ganan, y es, según me han dicho, uno de los errores más comunes entre quienes empezamos de adultas. La primera vez que me acerqué sin corregirme a media zancada, sin pensarlo ni acelerar el paso, Chocolate simplemente estiró el cuello, me olfateó los dedos y no retrocedió ni un centímetro. Nada espectacular pasó, pero fue la prueba de que la prisa es lo único que de verdad lo incomoda, no yo, y ahí, creo, está casi toda la conexión real entre jinete y caballo: no en gestos grandes, sino en bajar la prisa antes de acercarte. Guiarlo del ramal sin tirones es otro tema que da para una entrada completa aparte, pero la idea de fondo es la misma. Mi compañera de clase, Lucero, que llegó su primer sábado con botas de motociclista porque nadie le dijo qué calzado traer, compara cada instrucción del instructor con algo de su trabajo como enfermera, dice que esto es básicamente "triage, pero con pelo y cuatro patas", y curiosamente tiene razón más veces de las que debería.

Las señales que busco en sus orejas y en su mandíbula

Busco tres cosas nada más: que las orejas dejen de moverse como radar y se queden flojas, que la mandíbula se afloje en vez de apretarse, y que el peso se reparta en las cuatro patas en lugar de cargarse hacia atrás como quien está lista para salir corriendo. No necesito el término técnico exacto para notar la diferencia, aunque sé que existe un glosario entero de palabras que todavía confundo en voz alta frente a mi instructor. Leer ese lenguaje corporal es justo lo que me permite saber cuándo premiarlo, un roce en el cuello, nunca algo exagerado, y siempre apenas después de que suelta el aire, no antes. El miedo que traigo yo los primeros minutos de cada clase es otro asunto que casi toda principiante reconoce si es honesta, y no desaparece solo porque ya lleve un rato haciendo esto. Le mando audios a mi amiga Alicia, que trabaja conmigo en la oficina y jamás se subiría a un caballo por gusto propio, contándole cómo fue la clase del sábado; ella los guarda todos, aunque sospecho que rara vez los escucha completos.

Bienestar animal en equitación: orejas atentas de un caballo durante un momento de calma pie a tierra

Lo que contaría a quien recién empieza con esto

Le diría que no hacer nada bien hecho se nota en un resultado concreto y nada místico: si tu caballo exhala fuerte y afloja la mandíbula bajo tu mano quieta, vas bien; si tensa el cuello, pisotea o gira la cabeza buscando la salida, todavía estás proyectando prisa sin darte cuenta, y conviene revisar tu propia respiración antes que la suya. Distinguir cuándo de verdad tiene miedo de cuándo simplemente está siendo terco es otro criterio que se afina con el tiempo y con ojo ajeno, mejor el de un instructor presente que el de cualquier foro. Hay ejercicios de equilibrio sin estribos que también ayudan, aunque esos pertenecen a otra conversación completamente distinta a esta. Después de cada clase, limpio la montura de cuero antes de guardarla, un hábito que me enseñaron casi antes que a montar bien, y cargo con el dolor muscular del día siguiente como recordatorio de que sí hice algo, aunque ese algo haya sido, técnicamente, no hacer nada. Si quieres leer sobre los triunfos que sí hacen ruido, ahí está el trote que por fin me salió; este texto es sobre todo lo que pasa cuando, por una vez, no persigo ninguno.

Nota:
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.