
El cuero de mi montura cruje distinto cuando el caballo reparte el peso hacia el otro lado en una curva.
Aclaro algo antes de seguir: en este texto hay enlaces de afiliado, y si compras algo a través de ellos me llega una comisión sin costo extra para ti. Aquí solo menciono lo que yo misma he probado. Todo empezó con una cabalgata de vacaciones en la Presa Juriquilla, y de ahí pasé a tomar clases de equitación para principiantes los sábados, en una caballeriza camino a Juriquilla, a las afueras de Querétaro. Llevo ya dos años en esto, y lo que más trabajo me costó no fue aprender a trotar, sino resolver los nervios y el bienestar emocional que se me iban de las manos cada vez que me subía. Spoiler: lo que de verdad ayudó no fue "relájate y confía", sino cambiar de tipo de clase y aprender a leer al animal en vez de solo aguantar el miedo con los dientes apretados.
Mi cerebro de números no entendía el miedo a montar
Soy contadora, y en mi trabajo cuadro cifras que nunca se equivocan si yo no me equivoco primero. Frente a un caballo esa lógica no sirve de nada: es un animal que pesa mucho más que yo y que no negocia con hojas de cálculo. Al principio pensaba que montar era pura técnica, algo que se aprende como un programa nuevo de oficina, pero el susto inicial que paraliza a cualquier principiante, y que seguramente ha llevado a muchas a buscar consejos específicos para perderle el miedo desde el primer contacto con el animal, no se resuelve solo repitiendo pasos. También cometí casi todos los errores típicos de quien empieza de adulta: apretar las piernas cuando debía soltarlas, mirar hacia el suelo en vez de hacia dónde quería ir, y, por supuesto, subir por el lado que no es.
Subir del lado correcto tiene una explicación histórica que ya conté en otro texto sobre por qué montamos por la izquierda, pero cuando los nervios se apoderan de mí todavía se me olvida y el caballo pone cara de "otra vez no". Hay todo un procedimiento, paso por paso, para montar sin sobresaltar al animal que prefiero no resumir aquí porque merece su propio espacio, igual que los ejercicios de equilibrio que mi instructor me hace repetir cada clase hasta que deje de agarrarme de las riendas como si fueran un salvavidas.
Lo que realmente no funcionó
Antes de encontrar lo que sí ayudó, probé lo que no. Me metí a una clase grupal grande pensando que entre más gente, mejor ambiente, pero la instructora apenas lograba vernos a todas entre tanta persona, y yo necesitaba que alguien notara justo el momento en que se me cerraba el estómago. Ahí conocí a Lucero Domínguez, otra compañera del grupo de los sábados, que se ríe de sus propios errores antes de que nadie más lo note —como el día que llegó a su primera clase con botas de motociclista porque nadie le había explicado qué calzado llevar al picadero. Entre las dos decidimos cambiarnos a clases más chicas, donde el instructor sí puede ver si te estás poniendo rígida antes de que te lo diga el cuerpo. Ese cambio, más que cualquier respiración profunda, fue lo que empezó a bajarme los nervios de verdad.
Preparación, términos y el cuero que nadie me explicó
Lo que sí hice diferente fue cuidar lo de antes y lo de después de la clase. Antes de llegar hay un ritual que uso —qué desayuno, cómo me visto, a qué hora salgo de la oficina— que también influye en qué tan nerviosa llego, y que da para su propio repaso en otro lado. Al principio ni siquiera entendía la mitad de los términos que usaba mi instructor —cincha, volteo, cruz— y tuve que ir armando mi propio glosario mental sábado tras sábado. Tampoco nadie me explicó al inicio que el cuero de la montura necesita su propio cuidado después de cada clase, algo que fui aprendiendo a golpes cuando se me empezó a resecar la silla que uso.
Aprender psicología equina antes de subir
Fijarme en lo que el caballo decía con el cuerpo, antes de que yo preguntara, fue lo que de verdad cambió las cosas. Aprendí a ver hacia dónde apuntan las orejas y la cola como primera pista de que algo lo inquieta, aunque el porqué biológico de eso da para su propio artículo completo. Esa idea de que aprender psicología equina ayuda a jinetes con miedo tiene sentido en mi caso: no me faltaba valor, me faltaba saber leer al animal. La conexión de confianza con un caballo tampoco se construye solo arriba de la silla, sino en los minutos de antes, cuando lo cepillas o simplemente te quedas quieta a su lado en el box.
Para ponerle estructura a todo esto llevo un rato repasando el curso La Mente Equina de 0 a 100 entre semana. Es pura teoría y video —el trabajo real sigue siendo mío, a pie de corral, con el caballo de la escuela— pero repasar la parte de psicología entre semana sí ayuda a llegar al sábado con menos dudas y sin reinventar la rueda cada vez. Mi amiga Alicia Sandoval, que trabaja conmigo y jamás se subiría a un caballo por voluntad propia, me pregunta detalles técnicos del curso como para parecer interesada, aunque sospecho que no entiende ni la mitad de lo que le cuento en los audios del sábado.
En el picadero hay reglas que no se negocian
En el picadero hay normas de seguridad que al principio me parecían exageradas —no entrar si no te ven, no correr, avisar antes de rebasar a alguien— y que ahora entiendo que existen por algo, sobre todo cuando ves entrar a un caballo nuevo y nervioso. Incluso guiar al caballo del ramal de regreso a su box, sin ir dando tirones, tiene su técnica propia, y a mí me costó más que subirme a la silla; todavía se me adelanta y tengo que recordarle, sin jalar, que el ritmo lo pongo yo.
Una vuelta al trote cambió cómo entendía mis propios hombros
Hay una vuelta al picadero al trote que todavía recuerdo con claridad: los hombros abajo en vez de pegados a las orejas, sin que nadie tuviera que decírmelo en ese momento. El caballo que me tocó esa vez es de los veteranos de la caballeriza, de esos que ya perdonan casi todo, y ni se inmutó cuando el gato anaranjado de la casa —que casi siempre anda echado sobre los costales de alimento— se cruzó cerca de los boxes.
No todos los sábados salen tan redondos. Hay clases en las que el caballo decide plantarse a la mitad del picadero y no quiere caminar, y yo me quedo ahí sin saber qué hacer —por fortuna ya tengo apuntados varios consejos sobre qué hacer cuando el caballo no quiere caminar que me han salvado más de una tarde. Los primeros meses también terminaba cada sábado con un dolor muscular que no sabía ni cómo aliviar, otro tema que prefiero dejar para su propio espacio en vez de resumirlo aquí a la carrera.
Si algo me llevo de estos dos años es que el primer filtro para bajar los nervios no es "ser valiente", es fijarse en el tamaño del grupo y en quién de verdad está mirando lo que te pasa en el cuerpo cuando montas. Lo segundo es dejar de tratar al caballo como un problema de lógica y empezar a notar lo que dice con las orejas, el peso y el paso. Sigo repasando el material de La Mente Equina entre semana, no porque reemplace las horas en el corral, sino porque me ayuda a llegar con menos preguntas sueltas. El nudo en el estómago todavía aparece algunos sábados, pero ya no se queda tanto tiempo.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.