El rasguño de los cascos contra la arena se detuvo por completo. Nada de pasos, nada de resoplidos, solo un caballo de 500 kilos parado en medio del picadero como si alguien le hubiera apagado el interruptor. Llevaba apenas media clase de equitación para principiantes cuando pasó, de esas clases de monta que se supone deberían quitarme el estrés de la semana, no dármelo, y ahí seguí yo, sobre la montura, sin saber si reírme o llorar.
Apreté las piernas por instinto, con el aire todavía cargado de ese olor a heno con humedad de madrugada aunque ya casi fuera mediodía, que es lo primero que hace cualquier principiante nerviosa (yo incluida, la misma que a veces todavía se sube por el lado que no debe). Nada. El caballo, un alazán con más paciencia que un santo y que lleva años tolerando los errores de gente como yo, bajó la cabeza y soltó un suspiro larguísimo, como diciendo otra vez esta señora.
La cabeza se me llenó de ideas tontas: que todos en la caballeriza me estaban viendo, que el caballo me estaba midiendo, que jamás iba a dejar de ser la que pasea los sábados sin avanzar de verdad. Antes de subirme ya venía con los nervios de siempre —los mismos que intento bajar respirando en el coche antes de cada clase— y ahí, plantada en medio del picadero, sentí que se me multiplicaban.
El miedo invisible de las clases de monta
Mis muslos se pusieron rígidos contra el cuero, como si apretar más fuerte fuera a convencer al caballo de algo. Con el tiempo he entendido que ahí es justo donde se me va el equilibrio: cuando me tenso, subo el centro de gravedad y pierdo el ritmo de la cadera. Pero esa mañana no estaba pensando en ejercicios ni en corregir postura, solo en no caerme de la vergüenza frente a las demás alumnas.
Mi instructora se acercó despacio y me dijo, sin drama, que dejara de apretar. Nada más. No me dio una clase de teoría ni me explicó nada del comportamiento del caballo —solo "suelta las piernas, Regina, y respira"— y aunque en el momento no entendí bien qué tenía que ver mi respiración con que él caminara, decidí hacerle caso porque ya había intentado todo lo demás.
Soltar en lugar de apretar
Dejé de exigir. Bajé los hombros, aflojé la rienda y me quedé quieta, sintiendo el calor que subía de su lomo. Una de sus orejas se giró hacia atrás, buscándome, como si preguntara qué había pasado con el ruido constante de antes.
Pasaron varios segundos que se sintieron eternos. Y ahí me acordé, sin venir a cuento, de unas botas de campo carísimas que me compré hace un tiempo convencida de que el cuero nuevo me iba a dar más seguridad al montar —no sirvieron de nada, la seguridad nunca estuvo en las botas.
Cuando sentí que se me bajaban las revoluciones, pedí otra vez, pero con una sola señal suave de las pantorrillas. Dio un paso. Luego otro. No tengo la teoría detrás de por qué funcionó, de eso ya escribí algo más despacio en otra entrada sobre psicología equina, leyendo las orejas y la respiración del caballo, aquí solo cuento que, de repente, íbamos al paso, sintiendo cómo se mecía su cuerpo debajo del mío.
El problema era mío, no del caballo
La tarde anterior había estado dando vueltas por el Mercado de la Cruz comprando fruta para la semana, sin sospechar que el sábado terminaría convertida en estatua sobre un caballo. Esa misma noche le conté todo por el chat del curso en línea a Lucrecia, una conocida de Guadalajara con la que llevo meses intercambiando notas de clase sin habernos visto nunca en persona.
Ella va siempre dos lecciones adelante de mí y me lo dice sin ninguna maldad, como quien comparte una receta de cocina. Esta vez me explicó que a eso algunos instructores le llaman simplemente "perder el paso", un término que todavía confundo con la mitad de las palabras técnicas que se supone debería saberme ya.
Lo que sí aprendí, aunque nadie me lo puso en un manual, es que quedarme quieta en medio del picadero sin soltar las riendas de golpe ni bajarme en pánico fue lo único que evitó que la situación se pusiera peor —de las pocas reglas de seguridad que ya tengo grabadas después de tantos sábados. Me acordé de algo que leí hace tiempo sobre Cómo entender mejor a tu caballo con el curso La Mente Equina, donde contaban que los caballos son más lógicos de lo que uno cree cuando deja de tratarlos como máquinas de andar.
Una lectora desde Bogotá, Adela, me escribió esa misma semana contándome que a su caballo también se le ocurre plantarse a media clase, y que cada vez que le pasa algo nuevo en sus lecciones en Colombia me manda un correo para contarlo. Leerla me hizo sentir menos sola en esto de aprender ya de adulta y a los tropezones, dentro de este hobby ecuestre que se me metió sin avisar entre facturas y conciliaciones bancarias.
Lo que me llevé a casa esa mañana
Terminé la clase con las piernas temblando de cansancio, ese tipo de cansancio que después se convierte en agujetas en los muslos y que ya sé aliviar a mi manera, aunque esa parte es tema para otro día.
Han pasado ya más de doce semanas desde mi primera clase, y esa mañana, bajándome del caballo, noté algo que no había notado antes: había respirado normal toda la clase, sin ese nudo apretado en el pecho que cargaba las primeras veces.
Si de casualidad te pasa lo mismo y el ritmo cambia de golpe sin razón aparente, no está de más repasar algunos consejos para mantener la calma si el caballo se asusta de repente, aunque mi problema esa mañana fuera justo lo contrario: que no se quería mover ni un centímetro. Lo único que me queda claro, sábado tras sábado, es que la que tiene que aflojar primero soy yo, no el caballo —y que si algo se pone realmente raro con un animal de 500 kilos, ahí ya no hay diario de aprendizaje que valga: eso es para el instructor presencial o el veterinario, no para una contadora con un blog.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.