Diario del Jinete

Más allá del galope: Mis primeras lecciones y la paciencia de un gigante de media tonelada

2026.10.13
Jinete principiante ajustando nerviosa el equipo antes de su primera clase de equitación en una caballeriza de Querétaro

Tengo la palma apoyada en el cuello de Aquiles, justo bajo las crines, y le pido alto con la rienda floja. Lo que sube de su piel es un calor casi húmedo, como si todo el animal respirara ahí mismo bajo mi mano. Llevo apenas un puñado de clases de equitación para principiantes los sábados en una caballeriza a las afueras de Querétaro, y sigo sin saber bien si el que tiembla un poco soy yo o es él.

Antes de seguir con esto: por aquí vas a encontrar algún enlace de afiliado. Si un curso o un accesorio te llama la atención y terminas comprándolo desde ese enlace, a mí me cae una comisión por mandarte para allá, pero a ti no te cuesta ni un peso extra, el precio queda igual. Solo menciono cosas que de verdad he probado en este camino o que me han dado curiosidad genuina. Si algún día un enlace no es de afiliado te lo voy a decir sin que preguntes, porque aquí venimos a aprender entre compas, no a venderte nada que yo misma no usaría.

Lo que nadie le explica a una principiante antes de subirse a 500 kilos de caballo

Llevo años cuadrando balances en la oficina, y les juro que hacer encajar una hoja de cálculo es muchísimo más sencillo que convencer a un ser vivo de que no soy una amenaza. Aquiles es un caballo de silla ligero, lo que en la práctica significa que anda cerca de los 500 kilos entre músculo y carácter, y que por alguna razón que todavía no proceso del todo me deja subirme a su lomo cada semana.

Nadie me dijo, antes de la primera clase, que iba a necesitar algo más que ganas: un casco que de verdad ajuste, botas con tacón bajo y ropa que no se me enrede en el estribo son lo mínimo que pide cualquier instructor serio, y a mí eso nadie me lo explicó hasta que llegué sin nada de eso puesto.

Todo esto empezó con un paseo de vacaciones que me dejó toda traqueteada pero rarísimamente enganchada. Volví a Querétaro y busqué una caballeriza donde no me vieran feo por no querer saltar obstáculos de metro y medio, solo quería el olor a alfalfa fresca mezclado con cuero viejo al amanecer, ese que me resetea el sistema nervioso aunque el resto de la hora mis piernas se vuelvan piedra en cuanto Aquiles espanta una mosca.

Para llegar al área de ensillado llevo a Aquiles del cabestro desde su box, y ese tramo corto ya me sirve para medir cómo viene de ánimo esa mañana: si camina pegado a mi hombro o si va mirando para todos lados buscando dónde distraerse.

Manos de una principiante ajustando la cabezada de cuero antes de una clase de equitación para principiantes

La izquierda o la derecha: el lío que se me hizo otra vez con Aquiles

A finales de junio, con ya un par de meses encima, me pasó lo de siempre: me puse nerviosa porque sentí que alguien miraba (en realidad cada quien estaba en lo suyo) y me acerqué a Aquiles por el lado equivocado. Por pura inercia intenté subir al estribo derecho por tercera vez consecutiva. Mi instructor solo suspiró, no de mala onda, sino con la paciencia de quien ya vio a mil adultos olvidar cómo funcionan sus propias piernas en cuanto pisan la arena.

Por tradición y seguridad se aborda y se monta siempre por el lado izquierdo, el llamado lado de 'cerca', y ese no es el único tropiezo clásico de quien empieza tarde: confundir las riendas, apretar las piernas de más, o quedarse parada sin saber en qué orden van las cosas son errores que veo repetirse clase tras clase entre mis compañeras de picadero. Si quieres entender mejor por qué esto importa tanto, dejé explicado el tema en por qué montamos por la izquierda y cómo recordar la posición correcta, y me habría ahorrado varias miradas confundidas de Aquiles si lo hubiera tenido claro desde el primer sábado.

El pobre Aquiles se quedaba ahí parado, mirándome con ese ojo grande y lateral, probablemente pensando que su humana de los sábados todavía no entiende de qué lado masca la iguana. Con el tiempo entendí que buena parte de sus sustos no son mal genio: hay ángulos donde simplemente no me ve llegar, y aprender a acercarme desde donde él sí me alcanza a ver cambió bastante cómo reacciona conmigo.

Las primeras semanas también aprendí, a la mala, que el picadero tiene sus propias reglas no negociables: nunca te cruzas detrás de otro caballo en movimiento, nunca sueltas las riendas sin avisar, y siempre pides paso en voz alta antes de rebasar a una compañera. Son cosas que mi instructor repite tanto que ya las digo yo sola antes de que me las diga él.

Relájate, me decían, como si fuera tan fácil

Aquí es donde mi lado contador choca con los consejos de siempre. Todos me dicen: Regina, relájate, el caballo siente tu miedo. Claro que lo siente, pero pedirme que me relaje con 500 kilos de músculo debajo no sirve de mucho si nadie me explica cómo se hace eso en la práctica; es como pedirle a alguien que ignore un descuadre enorme en la contabilidad solo porque le dijeron 'tranquilo'.

Lo que de verdad me ha funcionado no es ninguna frase bonita, es pararme junto a Aquiles unos minutos, sentir mis pies en el piso y la mano abierta sobre su cuello antes de siquiera pensar en el estribo. Si yo no estoy ahí de verdad, él nota la rigidez de oficina que cargo en la espalda y se la pasa directo al lomo. Para la cuarta semana empecé a notar algo distinto: cuando llego al estribo, las orejas de Aquiles ya no se le van hacia atrás, no hay esa tensión en el cuello que tenía antes. No es nada que se pueda enmarcar, pero ahí estaba, y a mí me bastó.

Entender un poco de cómo piensa un caballo cambió la forma en que leo cada uno de estos momentos, y por eso ya escribí antes sobre por qué aprender psicología equina ayuda a jinetes con miedo a montar. Lo que no cambia es que mi equilibrio en la silla sigue siendo de principiante: todavía se me va el peso hacia adelante cuando Aquiles frena de más, y corregir eso lleva más sesiones de las que me gustaría admitir.

El instructor suelta términos como 'media parada' o 'ceder de mano' y a mí todavía me hacen nudo en la cabeza, los apunto en el celular después de la clase para no preguntarlos dos veces. Y luego, ya en el coche de regreso, son los aductores los que me recuerdan que llevo una hora sentada distinto a cualquier silla de oficina.

Caballo relajado bajando la cabeza junto a su jinete, una señal de confianza ligada a la psicología equina

Preguntar en internet, encontrar un curso y seguir aprendiendo entre semana

Antes de dar con algo que de verdad me sirviera, hice lo que hace cualquiera a las once de la noche con dudas: metí la pregunta en un foro de internet, y ahí descubrí que no hay dos personas de acuerdo en absolutamente nada. Que si el miedo se quita montando más horas, que si se quita evitando montar cuando estás nerviosa, que si todo es cuestión de actitud. Cerré todas las pestañas sin una sola respuesta que me sirviera para el sábado siguiente.

Como no puedo estar en la caballeriza toda la semana (alguien tiene que pagar el alimento de los caballos y mis clases), me puse a buscar algo que pudiera hacer desde casa, y así di con el curso La Mente Equina de 0 a 100. Me ha servido porque se enfoca en el comportamiento del animal y no solo en ejercicios sueltos, es material pensado para quien todavía se hace bolas con los nombres de las correas, y lo puedo repasar a mi ritmo los martes por la noche cuando ya terminé de trabajar. Eso sí, hay que ser realista: ningún curso en video reemplaza las horas que pasas llenándote de tierra las botas, es teoría que después tienes que aplicar en el corral.

Ahí en el chat del curso conocí a Lucrecia Ibáñez, que vive en Guadalajara y hacía exactamente las mismas preguntas de novata que yo. Llevamos meses pasándonos notas sin habernos visto nunca en persona, y ella tiene la costumbre de escribirme mensajes larguísimos pasadas las once de la noche, recién salida de alguna sesión virtual del curso, como si necesitara sacarse las ideas de la cabeza antes de dormir. Si te interesa ver cómo cambia la forma de ver a tu caballo, dejé más detalle en cómo entender mejor a tu caballo con el curso La Mente Equina; a mí me ayudó a entender que Aquiles no me ignora por grosero, sino porque su instinto ante lo desconocido es huir, no atacar. El precio está en la página oficial del curso y cambia de vez en cuando, así que mejor dale clic y revisa ahí.

Entre clase y clase también aprendí a cuidar lo poco de equipo que ya tengo: limpiar la silla y la cabezada con un trapo húmedo apenas llego a casa evita que el cuero se ponga rígido, algo que nadie me explicó hasta que un par de correas se me empezaron a agrietar.

La paciencia de un maestro de cuatro patas

Hace un par de semanas tuvimos una clase donde nada salía. Yo venía estresada por un cliente difícil de la oficina y Aquiles estaba más entretenido mirando al gato que anda suelto por la caballeriza que en mis indicaciones. En otro momento me habría frustrado, pero me acordé de lo que he ido leyendo sobre la paciencia y simplemente dejé de insistir.

Me bajé, le quité la silla, y nos quedamos ahí parados bajo el sol suave de un sábado cualquiera. No buscaba trotar ni hacer nada productivo, solo quería que él confiara lo suficiente en mí como para cerrar los ojos a mi lado un rato. Esa confianza no se construye en una sola tarde ni se le exige a un animal de media tonelada, se va armando despacio, sesión tras sesión, con más paciencia de la que yo traía antes de empezar con esto.

Hace poco me escribió una lectora, Adela Fonseca, contadora como yo pero radicada en Bogotá, que encontró el blog buscando si alguien como ella podía empezar a montar desde cero ya de adulta. Se disculpó un par de veces antes de contarme que en su última clase se había bajado del caballo a medio ejercicio porque el nervio le ganó, como si eso fuera motivo de vergüenza. Le respondí que ese nervio es exactamente de lo que escribo cada sábado, y que bajarse a tiempo cuando algo no se siente bien es, también, una forma de aprender.

Aquí entre nos: yo no soy veterinaria ni instructora certificada, solo una contadora que se enamoró de los caballos tarde en la vida, así que la última palabra siempre es de tu instructor presencial, y cualquier cosa rara en la salud o el comportamiento de un caballo se la preguntas a un veterinario, no a un blog.

Si estás empezando, no te preocupes tanto por los errores: vas a montar por el lado que no es, vas a apretar las piernas de más y vas a sentir que el instructor habla en otro idioma. Lo que sí te prometo es que un día vas a notar que el caballo bajo tu mano deja de estar tenso, y ese pequeño cambio dice más que cualquier trote perfecto. Si quieres empezar con una base un poco más sólida que la mía, dale una mirada a este curso de psicología equina, te ahorra algunos de los golpes que yo me llevé a ciegas. Nos vemos el próximo sábado en la pista.

Nota:
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.