Diario del Jinete

Lo que no me atreví a preguntar en el picadero: Mi primer año entre caballos y dudas silenciosas

2026.10.17
Equitación para principiantes adultas: el momento antes de montar y las dudas que no decimos en voz alta

Te bajas del caballo y notas, ya con los pies en la tierra, que respiraste normal toda la clase, sin ese nudo que cargas sin darte cuenta desde que arrancas con la equitación para principiantes. A mí me pasó hace poco y me quedé ahí, con las riendas todavía en la mano, dándole vueltas a cuántas preguntas me había tragado solo porque me parecían demasiado obvias para decirlas en voz alta. El aprendizaje adulto tiene esa trampa: uno supone que a los treinta y tantos ya no debería avergonzarse de no saber algo, y sin embargo ahí seguía yo, otra vez, con la misma vergüenza del primer día.

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Preguntar ahí mismo o quedarme calladita: dos formas de cuidar mi bienestar y el del caballo en la silla

Mi caballo es un ejemplar grande, de esos que parecen edificio de departamentos cuando los tienes al lado, y entender algo de la equitación como hobby me enseñó rápido que el bienestar del caballo y el mío van pegados: si yo llego tensa, él lo nota, y si él está inquieto, a mí se me sube la tensión igual. Durante mucho tiempo pensé que la única opción frente a una duda era tragármela. Ahora sé que en realidad manejo dos formas distintas de cargar con ella: preguntarla ahí mismo, en la silla, con el instructor todavía mirándome, o guardármela para resolverla después, sola, cuando ya no hay nadie esperando mi respuesta inmediata.

Probé antes con otros trucos para no sentirme tan perdida. Uno fue escuchar un pódcast de equitación en el camino a la caballeriza, pensando que algo se me quedaría grabado y me ayudaría en el momento real. No sirvió de nada: en cuanto estaba arriba, con las riendas en la mano y el caballo moviendo las orejas hacia todos lados, toda esa teoría se me borraba de la cabeza. Tadeo, un jinete que lleva años en la misma caballeriza y que suelta consejos cortos sin que nadie se los pida, me lo dijo una vez sin rodeos: "eso lo escuchas en el coche, pero la pregunta la sueltas aquí arriba, no después".

Cepillando a un caballo antes de clase, parte del aprendizaje adulto en equitación para principiantes

Lo que pasa cuando me trago la pregunta

Cuando me quedo calladita, lo que pasa casi siempre es que la duda no desaparece, solo se disfraza de otra cosa. Me ha pasado con el tema de por qué siempre subimos por el lado izquierdo: me daba pena preguntarlo, así que simplemente evitaba subirme cuando había alguien cerca, y seguía montando por el lado equivocado cada vez que estaba nerviosa, sin entender por qué eso me salía mal. Ese tipo de error de principiante no se resuelve solo con repetir la clase si uno nunca se anima a preguntar la razón detrás.

Algo similar me pasa con la conexión que se supone debo sentir con el caballo: dudo si de verdad estoy conectando con él o solo estoy sobreviviendo la clase sin que se note el miedo, y nunca lo digo en voz alta porque suena a pregunta de principiante, no de alguien que ya tiene práctica.

Decir la duda en voz alta antes de que se vuelva tensión en las manos

Lo que sí he comprobado es que preguntar ahí mismo cambia algo físico, no solo mental. Una tarde en la que por fin solté la pregunta que llevaba cargando —algo tan simple como por qué el caballo no quería caminar derecho esa clase— noté que mi propia tensión se le estaba pasando a él sin que yo hiciera nada raro con las riendas; apenas lo nombré en voz alta, até cabos y bajé los hombros. Esa calma terminó pareciéndose más a lo que describen cuando hablan de aprender con paciencia: no es que el miedo se vaya, es que deja de mandar.

Confundir terquedad con miedo es otro clásico: si el caballo se para en seco, la tentación es pensar que está siendo necio, cuando casi siempre está asustado de algo que yo ni noté. Decirlo en voz alta —"creo que algo lo asustó, no que esté de mal humor"— me ha ahorrado más de un jaloneo innecesario con las riendas. Quien quiera profundizar en esa diferencia tiene de dónde partir en por qué aprender psicología equina ayuda a jinetes con miedo, aunque yo aquí solo cuento lo que me tocó vivir arriba del caballo.

Oreja y ojo de un caballo atento al jinete, una señal de psicología equina para quien empieza a montar

La vez que de verdad noté el cambio fue bajando del caballo y descubriendo que había respirado normal toda la clase, sin ese nudo que normalmente cargo en el pecho desde que monto. Fue justo después de preguntar algo en voz alta en lugar de guardármelo, y pensé en Concepción, la señora que se sienta en la barda cada sábado con su termo de café y comenta en voz alta lo que ve, sin dirigirse a nadie en particular —"ese caballo va cojeando de la izquierda", dice, o "esa muchacha no suelta el aire"— sin que nadie le haya pedido su opinión. A ella nunca le ha dado pena hablar sola frente al picadero; a mí, en cambio, todavía me sale en una voz mucho más baja que la suya. Eso, según he leído en aprender a no hacer nada, tiene más que ver con quedarse quieta por dentro que con cualquier técnica de la silla.

Mano apoyada en el cuello del caballo para transmitir calma, parte del bienestar del caballo y del jinete principiante

Las dudas silenciosas de psicología equina que nunca me atreví a soltar

Hay una lista larga de cosas que nunca pregunté en voz alta, y que fui resolviendo por mi cuenta, a trozos. Si el lenguaje corporal del caballo —orejas, cola, cómo mueve el peso— de verdad significaba lo que yo creía o si me lo estaba inventando. Si el miedo que sentía al principio era normal o señal de que esto no era lo mío. Si la ropa que llevaba puesta era la adecuada o solo parecía disfraz de jinete de catálogo. Qué ejercicios podía hacer en casa, sin caballo, para mejorar el equilibrio en la silla sin depender solo de la hora semanal de clase. Si existía alguna norma de seguridad del picadero que estuviera rompiendo sin darme cuenta, por despistada.

También me daba pena preguntar cómo guiarlo bien del ramal sin que pareciera que era yo la que iba arrastrada y no al revés. Cómo prepararme antes de la clase para no llegar con el cuerpo ya tenso desde la entrada. Si estudiar por mi cuenta entre una clase y la siguiente de verdad se notaba después, arriba del caballo. Qué querían decir varias palabras técnicas que usaban en la pista y que yo asentía como si las conociera de toda la vida. Cómo se limpia bien una montura de cuero sin arruinarla con el producto equivocado. Qué hacer con el dolor muscular que me duraba hasta pasado el fin de semana. Y, la más tonta de todas, qué premio darle al caballo después de la clase sin pasarme ni quedarme corta.

Cuándo sí pregunto en el momento y cuándo prefiero investigarlo después

Con todo esto junto, ya tengo más o menos claro cómo decido. Si la duda tiene que ver con algo que está pasando ahí mismo —el caballo que no camina derecho, la rienda que se me resbala, el miedo que me sube de golpe— la pregunto en el momento, aunque suene básica, porque esperar solo significa repetir el mismo error toda la clase sin saberlo. Si en cambio es una duda de las que no cambian nada de lo que estoy haciendo con las manos en ese instante —por qué el caballo tiene ese comportamiento en general, qué dice tal cosa, cómo funciona tal otra— la guardo para después y la resuelvo con calma, sin robarle tiempo de clase al instructor ni a los demás.

Antes de llegar a la caballeriza, casi siempre paso por el Mercado de la Cruz a comprar unas manzanas chiquitas y un poco ácidas, de las que a mi caballo le gustan; ahí fue donde me topé con Tadeo una vez, cargando su propia bolsa, y de pasada me soltó otro de sus consejos sin que se lo pidiera. Las dudas que decidí guardarme para después las fui resolviendo con La Mente Equina de 0 a 100, que abro entre semana, con calma, cuando ya no hay nadie esperando que suelte la pregunta ahí mismo. No reemplaza estar arriba del caballo, pero sí me ayudó a llegar al picadero con menos dudas acumuladas en el pecho.

Laptop abierta con curso de psicología equina en un banco de madera, apoyo de estudio para la equitación de principiantes

Si tú también te tragas preguntas por pena, no eres la única, y tampoco significa que no sirvas para esto. Lo que cambia las cosas no es dejar de tener dudas, sino decidir con calma cuáles sueltas ahí mismo y cuáles investigas después, sin convertir cada clase en un examen oral frente al instructor. Si quieres un lugar donde ir guardando esas dudas de fondo para resolverlas con calma, ahí dejo de nuevo el enlace a entender mejor a tu caballo con este curso; a mí me ha servido para entrar al picadero con los hombros un poco más bajos. Nos vemos el próximo sábado, con pregunta nueva o sin ella.

Nota:
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.